Centro Comercial El Cafetero, eran las nueve de la mañana y Don Gonzalo Garzón, estaba sentado en una silla plástica, esperando tal vez a que el destino irrumpiera en su vida y le cambiara de forma repentina su manera de pensar.
Setenta y cuatro años encima, llenos de experiencias y recuerdos para dar, una mirada profunda y un cuerpo, tal vez, agotado del peso de su propia vida. Ese era el hombre que muchos envidiarían, con una forma de vivir llevadera y sin complicaciones, en donde el estrés y el afán, habían quedado dormidos en su mente.
En Rionegro vio por primera vez la luz del mundo. Su tierra es cuna de arrieros y gente pujante, muy similar a Don Gonzalo. Allí vivó con sus padres hasta los 14 años, cuando el deseo de salir adelante lo empujó a cambiar de ambiente y a independizarse en un mundo que para muchos no representaría privilegios: la zapatería.
Mientras trabajaba,como cualquier otro, pasó por su lado el amor y lo cegó completamente, hasta tal punto que decidió casarse a los 22 años.
En el transcurso de su vida, la elaboración de zapatos fue y sigue siendo su mayor aliada, permitió que levantara doce hijos y sostuviera con responsabilidad su hogar. " No soy muy amigo del trago, eso me permitió formar mi familia y mostrarles a mis hijos que sin alcohol también se puede vivir. Me siento feliz conmigo mismo porque los hice personas honestas y buenas, lo importante ahora es que ellos en agradecimiento vienen y me hacen la visita".
Hace nueve años Don Gonzalo, recibió la noticia de la muerte de su esposa; una operación de alto riesgo le truncó la vida. Aunque trajo desengaño y tristeza a él y a sus hijos, decidió nacer a un lado la melancolía y se entregó a otra mujer, una enfermera particular que ahora es la que "me hace e! almuerzo".
Sale feliz cada mañana y se dirige al pasaje Coltejer en donde consigue los materiales que necesita para trabajar: una buena pega, cuero y hebillas. Su especialidad han sido las sandalias para mujer. "Hay días en que los de espacio público no permiten que trabaje acá", por eso sale a tocar de puerta en puerta, vendiendo su producto por los sectores de Boston, Prado y Sucre.
Recorre las calles del centro de Medellín, en busca de algún cliente conocido que tan sólo por diez mil pesos quiera llevar alguno de sus parcitos de sandalias, cuya elaboración requiere dos horas.
Construyó su vida y logró acostumbrarse a ella; a tomar tinto por cien pesos para ayudarle a otro que, como él, se gana el pan caminando; a llevar en el recuerdo sus hazañas de adolescente cuando no había computadores sino que se jugaba en las calles.
Así pasa su vida Don Gonzalo, "Cada vez me siento más orgulloso de mi ciudad", alza con orgullo su pecho al saber que e! progreso se despliega con fuerza en cada rincón. Ama el Metro, los edificios que para él son rascacielos, las iglesias con estructuras arquitectónicas fascinantes, el trabajo de la misma gente que convive con él, de su mismo empuje y talento para sobrevivir en una sociedad que ha dejado de pensar en el pasado para construir el futuro.
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Seminario de Periodismo Juvenil 2005
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