Vio los días tristes
sin quejarse siquiera.
Sufrió de la inclemencia
del amor ausente,
de aquellos labios de cereza
que ya no vuelven,
de las palabras dulces
que en el tiempo se pierden.
Vio como en la distancia
se marchaban sus anhelos;
se escondían entre los robustos troncos
de los árboles viejos ,
aquellos que algún día
susurraron dos nombres,
esos dos nombres
que nacieron ya muertos.
Cuánta soledad,
cuánto tormento.
¿Por qué no apareces,
por qué estás tan lejos?
Por qué le faltan tus besos,
por qué le falta tu aliento.
Hoy te extraña, hoy te piensa sentada
a los pies de un ciruelo.
Ciruelo: no llores!,
no renuevas sus penas,
no mortifiques su vida,
no escarbes con sal sus heridas.
¿Acaso no ves su sufrimiento?,
¿ no te perturba su angustia?.
No lamentes, no le insistas.
Ya el abatimiento ha ganado esta partida.
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Es sólo una historia triste.... sin principio ni final.
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